# Cómo los marxistas trascienden la muerte

Marx tiene siempre claro que la única forma de trascendencia individual es ligarse al gran proyecto inscrito en la naturaleza misma de nuestra especie: la restauración de la comunidad humana a escala universal y en abundancia, es decir, el Comunismo.

> Aunque al principio el desarrollo de las capacidades de la especie humana se produce a costa de la mayoría de los individuos humanos, e incluso de clases enteras, acaba rompiendo esa contradicción y coincide con el desarrollo del individuo singular. El desarrollo superior de la individualidad sólo se alcanza, por tanto, mediante un proceso histórico en el que los individuos son sacrificados. Los intereses de la especie, en el reino humano como en el animal y el vegetal, se imponen siempre a costa de los intereses de los individuos, porque esos intereses de la especie solo coinciden con los intereses de ciertos individuos, y en esa coincidencia reside la fuerza de estos individuos privilegiados.
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> Carlos Marx, Teorías sobre la plusvalía, tomo II, cap. IX, apartado 2 (1862)

Lunacharski deriva de aquí dos ideas: 

1. En última instancia es el «idealismo de especie», derivado del «idealismo de clase», lo que impulsa la aceptación de sacrificios y la vida moral de sus militantes.
2. El movimiento comunista no es, en realidad, *irreligioso* sino que es una cosmovisión no alienada, materialista y liberadora, que desarrolla una moral propia y una forma de trascendencia individual característica; se expresa a través de sus militantes por tanto, una suerte de religioidad atea, antropocéntrica, con el trabajo en el centro y la mirada en el futuro comunista de la especie.

> Marx nos enseña, en el artículo sobre Malthus y Ricardo que ya he citado, que la lucha que constituye el juicio de la historia la lleva a cabo la Especie, y que el individuo debe aceptar esta lucha de grado o por fuerza. Podemos decir: *Genus volentem ducit, nolentem trahit*. El individuo consciente identifica sus fines con los fines de la Especie. Tal individuo fue el propio Marx.
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> Pero ¿cuál es el estado de ánimo de tal personalidad consciente, su sentimiento de sí misma? Subordina sus fines a los fines de la Especie. En esto está su colosal diferencia con el individualismo antirreligioso de Stirner. Stirner se burlaba de manera chata de esta religiosidad oculta de los ateos colectivistas. Su crítica y sus bromas carecen de dientes, pero en una cosa tiene razón: el colectivista es religioso. Se sobreentiende, y es aburrido repetirlo, que, si convenimos en llamar religión a la fe en una divinidad trascendente, tendremos aquí algo que contradice de la manera más decidida a la religión. Pero si consideramos como ausencia de religión, como antirreligiosidad, aquella «sabiduría práctica» que pone en el centro del ser el «yo» concreto y sus intereses, entonces en el colectivismo veremos de nuevo algo opuesto a tal antirreligiosidad.[...]
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> Si nos preguntamos cuál es el motivo fundamental que mueve al socialista marxista consciente en su actividad, a menudo dura y abnegada, obtendremos una respuesta perfectamente definida.[...] El motivo fundamental del socialista consciente es el idealismo de la Especie, estrechamente ligado al idealismo de clase.
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> Lunacharski, «[Religión y Socialismo](https://marxismo.school/archivo/1908-11%20Religi%C3%B3n%20y%20socialismo)» (1908-1911)

Esta idea de Lunacharski sobre el marxismo como alter-religión, como motivación y camino de trascendencia a través de la especie de sus militantes, ha sido vapuleada a menudo, especialmente por el *[marxismo académico](https://diccionario.marxismo.school/Marxismo%20acad%C3%A9mico)*. Sin embargo es parte del acervo íntimo de las generaciones revolucionarias y brota descarnada en textos como el llamado «Testamento» de Trotski.

> Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud.
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> Natasha se acerca a la ventana y la abre desde el patio para que entre más aire en mi habitación. Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul y el sol que brilla en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.[...]
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> Cualesquiera que sean las circunstancias de mi muerte, moriré con una fe inquebrantable en el futuro comunista. Esta fe en el Hombre y su futuro me da aun ahora una capacidad de resistencia que ninguna religión puede otorgar.
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> Lev Davidovich Bronstein (Trotski), «Testamento» (1940)

No se entienda mal: la idea de trascendencia del individuo a través de su aporte a la emancipación de la especie no es, ni mucho menos, un recurso idealista ante el vacío de la muerte. Está inscrita en la esencia de lo que Comunismo significa. 

El siguiente extracto de un precioso artículo de [Amadeo Bordiga](https://marxismo.school/archivo/1959-89%20Perfiles%20revolucionarios#amadeo-bordiga) de 1961, presenta de hecho el hilo que conecta el [Comunismo primitivo](https://diccionario.marxismo.school/Comunismo%20primitivo) y el [modo de producción comunista](https://diccionario.marxismo.school/Comunismo) por venir precisamente a través de la forma en que los individuos encaran la muerte y la trascienden.

> Las nobilísimas poblaciones mexicanas, convertidas al catolicismo bajo el impío terror de los invasores españoles mostrarían que han seguido siendo «primitivas» porque no tienen terror ni horror a la muerte. Esos pueblos eran, por el contrario, herederos de una civilización incomprendida por los cristianos de entonces y de ahora, transmitida desde el comunismo ancestral. El insípido individualismo moderno no puede más que sorprenderse tontamente si en ese apagado texto, se dice que las tumbas carecen de inscripción y que se preparan manjares a los muertos que nadie conmemora. Verdaderos muertos desconocidos no por una retórica ahogada y demagógica, sino por la poderosa simplicidad de una vida que es la de la especie y por la especie, eterna en tanto que natural y no en cuanto estúpido enjambre de almas errantes en «el más allá», y para cuyo desarrollo son útiles las experiencias de los muertos, de los vivos, y de los que no han nacido, en una continuidad histórica cuyo desarrollo no es duelo sino gozo en todos los momentos del ciclo material. [...]
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> Estas comunidades, magníficamente poseídas por una poderosa intuición, reconocían el flujo de la vida en la energía que es la misma cuando el sol irradia sobre el planeta que cuando corre en las arterias del hombre vivo y se transforma en unidad y amor en la especie unitaria: especie que hasta que no caiga en la superstición del alma personal con su balance beato del deber y del haber -superestructura de la venalidad monetaria- no teme a la muerte y no ignora que la muerte del individuo puede ser un himno de alegría y una fecunda contribución a la vida de la humanidad.
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> En el comunismo natural y primitivo, incluso cuando la humanidad se limita a la horda, el individuo no intenta sustraer nada a su hermano, sino que está preparado para inmolarse sin el menor miedo para la supervivencia de la gran fratria. Torpe leyenda la que ve en esta sociedad el terror que inspira el Dios que se sacia con sangre.
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> En la sociedad del intercambio, de la moneda y de las clases, el sentido de la perennidad de la especie desaparece al tiempo que surge el innoble sentido de la perennidad del peculio, traducida en la inmortalidad del alma que contrata su felicidad fuera de la naturaleza con un dios usurero que posee esa odiosa banca. En esas sociedades que pretenden haberse alzado de la barbarie a la civilización se teme a la muerte personal y se prosterna ante momias, como en los mausoleos de Moscú, de infame historia.
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> En el comunismo que aún no se ha realizado, pero que es de una certeza científica, se reconquista la identidad del individuo y de su destino con el de la especie, después de haber destruido en el interior de ésta todas las fronteras constituidas por la familia, la raza y la nación. Con esta victoria toca a su fin todo temor a la muerte personal, y sólo entonces desaparece todo culto del vivo o del muerto - organizada la sociedad por primera vez en el bienestar, la alegría y la reducción al mínimo racional del dolor, del sufrimiento y del sacrificio - porque cualquier característica misteriosa y siniestra ha sido sometida al armonioso desarrollo de la sucesión de las generaciones, condición natural de la prosperidad de la especie.
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> Amadeo Bordiga. «Janitzio no teme a la muerte» (1961)
